Introducción
Los hábitos de conducta social son conservados, transformados y trasmitidos de generación en generación. Ellos constituyen modos de actuar, formas de cortesía y respeto, manifestaciones de la cultura, que se han asentado sólidamente en nuestra conducta. La educación debe trabajar porque permanezcan y se desarrollen estos hábitos en los educandos y recordar que como expresara José Martí en una de sus más bellas ideas: “La vida sin cortesía es más amarga (...) que la cuasia y que la retama” Al comparar las formas de convivencia de los hombres en la sociedad que hoy construimos con las formas existentes en el pasado, el Comandante en Jefe Fidel Castro señaló:
« No se podía predicar el sentido de la confraternidad humana donde condición indispensable para vivir era quitarle algo a los demás, fastidiar a los demás, reventar a los demás; se puede desarrollar el sentido de la fraternidad humana, de la solidaridad humana en su más vasto alcance en una sociedad que tenga por base y solo pueda tener por base la solidaridad y la fraternidad entre los seres humanos, donde los seres humanos se ayudan unos a otros, donde los hombres juntan sus fuerzas para crear la riqueza, donde los hombres juntan sus fuerzas para explotar los recursos de la naturaleza. »

La necesidad que tienen los miembros de cualquier sociedad moderna de interactuar y convivir determinó que se establecieran determinadas normas capaces de lograr equilibrar los intereses individuales con los de la sociedad en su conjunto. De no existir estas, o de no ser cumplidas por los ciudadanos, se producirían conflictos que harían insostenible la vida en colectivo.
Sin las normas de convivencia ciudadana actos cotidianos como tomar un ómnibus, comprar un periódico o pasear por las calles de nuestras ciudades se verían amenazados por la actuación o comportamiento desordenado de individuos que tratarían de imponerse al resto del colectivo social. Sería la ley del más fuerte, de los instintos más rudimentarios del ser humano. Afortunadamente la raza humana cada día es más consciente de la imperiosa necesidad de vivir en un mundo regulado por normas.
La educación desempeña un papel esencial en la posibilidad de que los miembros de la sociedad acaten las normas de convivencias establecidas. La familia como primer escenario para lograrlo desempeña un papel esencial. La escuela y la propia sociedad en su conjunto contribuyen de forma decisiva en que sea posible que las normas existan y sean cumplidas.