La Educación Ciudadana a partir del triunfo revolucionario

La Revolución Cubana es el acontecimiento político, económico y social más importante ocurrido en el siglo XX americano, y uno de los más importantes del Hemisferio Occidental. En lo interno, la victoria revolucionaria significó históricamente, el paso decisivo que hizo posible la terminación para siempre de cuatro siglos y medio de dominación colonial y neocolonial. En lo externo, demostró la inconsistencia del fatalismo geográfico y la factibilidad de construir un modelo de sociedad alternativo, superior a los modelos de desarrollo experimentados por el capitalismo en el área.
Por primera vez estaban dadas las condiciones objetivas para iniciar profundas reformas en beneficio del sector educacional, encaminadas a elevar la calidad de la instrucción y la educación en todos los niveles de enseñanza, e incorporar a este proceso al pueblo. La magnitud de la tarea aconsejó trabajar en dos direcciones: una operativa, a corto plazo, para reemplazar las burocráticas y deterioradas estructuras educativas; y la otra, con un sentido más estratégico contemplaba la planificación a largo plazo.
En la esfera educacional la Revolución triunfante puso en práctica una política educativa basada en la filosofía que sobre la educación habían fundado los Ilustrados Cubanos y José Martí en el siglo XIX, y las contribuciones del pensamiento pedagógico cubano y universal de la primera mitad del siglo XX, que hizo posible desde los primeros momentos concebir la educación como un factor decisivo en la emancipación del hombre, conjugando dialécticamente los valores esenciales de la cultura nacional con los valores de la cultura latinoamericana y universal. Sobre esa base surgió y se desarrolló una concepción de la educación ciudadana de carácter social, debido a la participación que en ella tienen, además de la familia y las instituciones educacionales, las organizaciones sociales y de masas, y los organismos del Estado.
4.1. Primera Etapa. Reforma Integral de la Enseñanza 1959 - 1960.
El 30 de noviembre de 1959 el Dr. Armando Hart Dávalos, entonces Ministro de Educación, daba a conocer las bases de la política educacional de la Revolución en un memorable discurso que pasó a la Historia de la Educación Cubana como “Mensaje Educacional”, declarando que: “El fundamento de la democracia está en la justa distribución de la riqueza y en la completa formación educativa de todos los ciudadanos.”[1] Consecuentemente, el 26 de diciembre de 1959, el Consejo de Ministros del Gobierno Revolucionario promulgó la Ley No. 680, en la que se instrumentaba la Reforma Integral de la Enseñanza en el país, un proceso muy complejo que puede ser analizado desde dos planos.
El primer plano de análisis tiene que ver con la definición de una política educacional enraizada en los problemas reales del país, proyectada hacia el futuro, que dadas las circunstancias históricas debía superar los “intereses clasistas y (...) las tradicionales aspiraciones colegiales, porque la mejor y unánime aspiración de todos ha de ser la redención del hombre cubano por la vía de la educación y la cultura.”[2]Se trata de una educación humanista, popular, democrática y científica, ajena a cualquier tipo de improvisación. Cuba estaba dando el paso más trascendental en la educación del siglo XX en el Tercer Mundo.
El segundo plano del análisis lo constituye el del alumno en calidad de objeto y sujeto del proceso de enseñanza-aprendizaje, es decir, poner a los educandos en contacto con la vida, formar hombres desarrollados multifacéticamente, lo cual implica una adecuada preparación intelectual, moral, cívica, física y estética; enseñar a los alumnos a pensar con independencia, encauzar sus esfuerzos en el cumplimiento de las tareas comunes, en fin, crear un nuevo paradigma humano.
El Sistema Nacional de Educación en ciernes tiene sus fundamentos en las mejores tradiciones del pensamiento pedagógico cubano del pasado siglo, y las ideas más avanzadas del ideario pedagógico de la primera mitad del siglo XX en Cuba, con estos presupuestos, la estrategia educativa del Gobierno Revolucionario concebía una educación que “en sus fines y en sus medios ha de partir del educando y ha de hundir sus raíces en el medio social cultural en que aquél crece, y ha de apoyarse en ambos, individuo y medio, para que el hombre viva y actúe al nivel de su tiempo y dispuesto a intervenir activamente en el proceso social.”[3]
Las tareas inmediatas y mediatas en que se traduce la política educacional de la Revolución, se orienta a la formación de hombres independientes, participativos, valientes, generosos, comprensivos, creadores y solidarios, lo cual determinó que en la proyección de la Estructura del Sistema Nacional de Educación se planteara como fines de la educación cubana: “A) La formación de la conciencia nacional; B) la realización del ideal democrático; C) la formación de la conciencia latinoamericana; D) la comprensión internacional.”[4]
La educación en los valores de la nación cubana, de una auténtica democracia, de la solidaridad entre los cubanos, y de los cubanos con el resto del mundo, especialmente, con América Latina, revelan la intima relación Educación-Política-Ética en las transformaciones que tienen lugar en el sector, en función de una verdadera educación integral de los alumnos. Con estos criterios se trabajaría en la enseñanza primaria por “una sólida formación cívica, los del sentimiento y la conciencia de la nacionalidad y de los deberes y derechos del hombre social, y las bases de cultura indispensables para intervenir útilmente en el progreso de los grupos sociales y de la comunidad.”
En el nivel secundario (comprendía la etapa intermedia entre la primaria y la universitaria), de los fines concretos que se proponía (tres), uno era de carácter ético, dirigido a “la formación de una alta conciencia moral y cívica”[5] que se traduzca en los “hábitos de humanidad, de civismo, de correcto proceder, indispensables para la convivencia civilizada y democrática.”
No podían repetirse los mismos defectos a los cuales se refiere el Dr. Armando Hart Dávalos con relación a la enseñanza de la Cívica en el pasado:
“La anomalía ha llegado a extremos inconcebibles: en los centros primarios y secundarios se pretende enseñar Cívica con ordenados programas de lecciones teóricas y se desprecia la esencial y rica cantera del ejemplo del trabajo cooperador y de la investigación y el análisis de los problemas sociales de cada comunidad. Valdría más que los alumnos de Cívica hicieran censos significativos en su localidad, y no que se dedicaran a aprender las supuestas instituciones políticas y los supuestos derechos electorales; más valdría que se comprometieran a realizar durante el curso alguna obra a favor de la comunidad, (...) .
“ Una Cívica que no haga sentir el drama social de nuestro país, que no lo haga conocer realmente, que no lo manifieste en el lenguaje irrebatible de los hechos, que no haga sentir como una bajeza el que se diferencie a los hombres por el color de su piel, es una Cívica hipócrita y deformadora.
“La educación cívica, sobre todo, habrá de realizarse fundamentalmente por medio de los Consejos Estudiantiles de Curso, si es que nos proponemos acabar con el verbalismo, el memorismo y todo tipo de enseñanza desvinculada de la vida.”[6]
La aguda crítica del Ministro de Educación a la forma en que se enseñaba la Cívica en la seudo-república implicaba la introducción de cambios, tanto en el sistema de conocimientos, como en la forma de concebir y desarrollar una verdadera educación moral y cívica vinculada de manera efectiva a la realidad social. El señalamiento del entonces Ministro de Educación es portador del nuevo ideal educativo de la Revolución triunfante, que coincide plenamente con las voces que en el período republicano se alzaron para denunciar los problemas en la enseñanza de la asignatura.
Ahora se requería además de nuevos conocimientos, un proceso pedagógico que se convirtiera cada vez más en formas de actividad, en procesos de experiencias y de una buena utilización de los instrumentos que la enriquezcan, para no dar paso a teorizaciones impropias del tiempo histórico en que se producían, vinculándola efectivamente a la vida social potenciando la participación de los alumnos. Pero lejos de producirse los cambios que demandaba la asignatura, fue desactivada del Sistema Nacional de Enseñanza
La ausencia de documentos oficiales que expliquen el por qué de esta medida obliga al autor a considerar la opinión de un colectivo de autores del Departamento de Marxismo-Leninismo del Instituto de Perfeccionamiento Educacional expresado en el artículo Dialéctica de la Educación Cívica (1990) donde se da cierta justificación a la desactivación de la asignatura con los argumentos siguientes:
“en esencia, inculcaba a las nuevas generaciones los principios éticos y cívicos de la sociedad capitalista, respondía a los intereses de la clase burguesa y consiguientemente, no se correspondía con los objetivos educativos que se había trazado el proceso revolucionario cubano (...) no estaba definido ni estructurado el arsenal teórico indispensable para responder a la creación de una nueva asignatura.”[7]
Es oportuno recordar la lección de dialéctica dada por V. I. Lenin a los jóvenes rusos en la Universidad de Sverdlov, con relación a la “vieja escuela”, “libresca”, “autoritaria y memorística”, cuando les aconsejó: “Esto es cierto, pero hay que saber distinguir lo que tenía de malo y útil para nosotros la vieja escuela, hay que saber elegir de ella lo indispensable para el comunismo.” [8]
Visto el análisis realizado desde el ángulo que Lenin propone, los argumentos empleados por los autores carecen de un enfoque dialéctico. Está demostrado que la enseñanza de la Cívica tiene un carácter histórico y de clase, y es muy lógico que la asignatura respondiera a la clase en el poder, pero ello no puede negar los resultados logrados en cuanto a la sistematización del contenido de la asignatura, y al desarrollo de su didáctica; ni tampoco la contribución anónima de abnegados pedagogos cubanos a la formación de una generación de revolucionarios utilizando las mismas lecciones, lo cual es constancia de su enriquecimiento a través de la práctica pedagógica individual, y no solo eso, lograron el reconocimiento de la Cívica como patrimonio de la Pedagogía cubana.
Si pretendía hacerse un razonamiento dialéctico, cabe hacer las preguntas siguientes: ¿Acaso en la obra de José Martí y de ilustres intelectuales cubanos del siglo XIX y la primera mitad del XX no había el suficiente parque teórico para reestructurar la asignatura, y disponerla con la finalidad que para esta etapa se proponía la educación cubana?; ¿no se contaba con los educadores capacitados para acometer las modificaciones que la nueva situación demandaba?. Estas y otras preguntas pueden hacerse aún hoy, pero es más ilustrativo el tratamiento dado a la enseñanza de la Historia de Cuba, que sufrió los mismos males o tal vez peores, pero no fue desactivada, los errores de carácter histórico y los problemas de enfoque se fueron solucionando sobre la marcha, incluso se fueron incorporando los acontecimientos de la historia reciente.
En verdad la ebullición política de los primeros años de la Revolución no hizo notar la ausencia de la asignatura en la escuela cubana. El pueblo, protagonista principal de este hecho histórico, daba y recibía cotidianamente lecciones de un extraordinario valor moral y cívico, en esa atmósfera se formó una generación de cubanos que prescindió de esa enseñanza, sin que ello significara que el Ministerio de Educación dejase de trabajar afanosamente para dar coherencia y sistematicidad a la labor educativa que la escuela tenía la misión de realizar en tan peculiares condiciones.
El ejemplo fehaciente de que en el país quedaron personas preparadas para rediseñar y repensar la asignatura está en el bisoño Ejército Rebelde que puso en práctica una aleccionadora experiencia que superó cualquier concepción de la educación cívica contemporánea, por primera vez en la historia del continente americano, un cuerpo armado se transformaba en un factor de la educación cívica.
Al crearse las Fuerzas Armadas Revolucionarias en 1960, el Departamento de Instrucción de la recién creada institución concibe el Manual de Capacitación Cívica [9] con el objetivo de dar continuidad a la preparación ideológica de sus combatientes, las Milicias Nacionales, y a la sociedad civil en formación. El texto en cuestión es una muestra fehaciente del grado de compromiso del órgano armado con el pueblo, de sagacidad política del alto mando, y de confianza en la capacidad de los intelectuales identificados con la Revolución. “En el año que ha transcurrido,- puede leerse - año de realizaciones revolucionarias portentosas, muchas de las previsiones de entonces se han convertido en realidad, algunos de los problemas abordados ya han sido vencidos, surgiendo otros nuevos y ciertos planteamientos se han atrasado inevitablemente.”[10]
La interpretación teórica de la realidad social de aquél primer año de Revolución proporcionó los nuevos conocimientos que sirvieron de base a la creación de las asignaturas en que se estructuró el Manual. La primera asignatura: Revolución, brinda una idea general del sentido y perspectivas de la obra revolucionaria, formulando los nuevos conceptos y valores que constituyen el basamento de la concepción revolucionaria de la educación cívica de las Fuerzas Armadas y el pueblo. Le siguen: Reforma Agraria e Industrialización, que explicaban las dos tareas básicas del momento; Geografía Económica, una exposición sucinta de las riquezas y potencialidades del país con un enfoque nacional-liberador; una Síntesis de la Historia de Cuba, con los antecedentes objetivos de la situación material e histórica de la Revolución; Doctrina Martiana, donde se hurga en los fundamentos ideológicos del proceso revolucionario; Moral y Disciplina, un breve análisis con un enfoque histórico y de clase, escrito por el Comandante Ernesto Guevara de la Serna, en el cual define el tipo de moral que debe caracterizar al “gran ejército del futuro, que es el pueblo entero de Cuba”[11]
Finalmente, dos de las piezas oratorias consideradas “más intensas y esclarecedoras de la predica revolucionaria de Fidel Castro,”[12]la comparecencia en televisión del 17 de setiembre de 1959 y el célebre discurso del 26 de octubre del mismo año. Evidentemente, aunque no existía una teoría pedagógica revolucionaria desarrollada, se contaba con el arsenal teórico indispensable, que se fue creando en el esclarecimiento de los objetivos de la Revolución, en la defensa de sus principios y valores fundamentales, por personas capaces y de probado prestigio como intelectuales o combatientes, capacitados para re-pensar una nueva asignatura que sustituyera aquella que ya no se adecuaba a las exigencias del poder revolucionario.
Estos elementos no fueron tenidos en cuenta con relación a la Cívica, que durante largo tiempo estuvo desactivada, y los progresos que se habían obtenido en cuanto a la forma, la integridad y el carácter del sistema de conocimientos sobre la moral y cívica mediante una asignatura, dejaron de ser objeto de atención del pensamiento pedagógico revolucionario. Nuevas asignaturas asumirían en lo adelante la tarea de la preparación de los alumnos para la vida ciudadana.
4.2. Segunda Etapa. Enriquecimiento de los fundamentos ideológicos de la Educación Ciudadana de 1961-1975.
El momento histórico que se analiza coincide con el primer período de la construcción socialista en Cuba (M. Limia David, 1992), es la etapa donde se resuelven las contradicciones cruciales del período de tránsito del Capitalismo al Socialismo. Se garantizó la supervivencia de la Revolución Socialista, del poder político de la clase obrera frente a sus enemigos internos y externos, derrocados pero no vencidos del todo.
En medio de la enconada lucha de clases de los años iniciales de la Revolución Socialista surgió una filosofía revolucionaria del hacer, reflejo de su carácter popular y democrático para enfrentar los desafíos de los nuevos tiempos que implicaba no sólo el cambio de las instituciones, sino también de mentalidad, que partía del principio siguiente: “En una revolución no sólo se hace sino que se enseña, se enseña haciendo y se hace enseñando"[13]
El momento histórico exigía el cumplimiento de urgentes y complejas tareas de carácter político, defensivas, económicas y sociales, que reclamaban de una sólida preparación política e ideológica de su actor principal: el pueblo, y esa preparación no la proporcionaban las teorías filosóficas, económicas y sociopolíticas vigentes. El instrumental teórico y metodológico adecuado para la solución exitosa de las tareas planteadas se encontró en el Marxismo-Leninismo, que posibilitó dar una dimensión pedagógica - educativa revolucionaria a la política y práctica de todas las instituciones y organizaciones, confiriéndole características muy singulares al proceso en estos años.
La educación social que genera el proceso revolucionario se distingue por su esencia humanista, enriquecida por su carácter de clase y el contenido popular y democrático que la hace más autóctona, al ser genuina representante de los más sagrados intereses de la nación cubana; latinoamericana y universal en tanto que conjuga creadoramente los aportes de lo mejor del pensamiento social creado en esta parte del mundo, con lo que la humanidad ha aportado.
De ese carácter popular, democrático y revolucionario que adopta la educación social surgió el método para la formación de la conciencia revolucionaria del pueblo cubano, el “diálogo constructivo”[14]. Con estas características la década del 60 se convirtió en la etapa de aprendizaje masivo del Marxismo-Leninismo, acontecimiento que en el orden cultural tuvo una honda repercusión en el desarrollo cualitativo de la vida espiritual de la sociedad cubana sin originar conflictos ideológicos debido a la coincidencia de sus tesis centrales sobre emancipación del hombre, con las ideas cardinales del pensamiento social cubano. La “articulación”[15] de la doctrina marxista-leninista y el pensamiento democrático y revolucionario cubano enriqueció desde el punto de vista filosófico, ético y político, la filosofía y la política educacional en desarrollo.
Simultáneamente, en el plano internacional se producía un cambio en la visión de las relaciones de Cuba con el resto del mundo, especialmente, con los países de su entorno geográfico, evidencia de su vocación latinoamericanista e internacionalista; se comenzó a tener conciencia del sub-desarrollo económico y de la pertenencia al Tercer Mundo; y se hizo cada vez más agresiva la política de sucesivas administraciones norteamericanas hacía Cuba, acudiendo de manera creciente a métodos de subversión ideológica.
La diversidad, profundidad y dinamismo de los acontecimientos de los años sesenta, convierten a la sociedad cubana en una gran escuela de creación que tiene como centro la dignificación del hombre, y encuentra en la práctica socio-histórica sus potencialidades transformadoras para hacer realidad la vida en una sociedad auténticamente democrática, independiente, soberana y solidaria; de un declarado carácter clasista y partidista, cuyos fundamentos ideológicos son el pensamiento político-social de José Martí, el Marxismo-Leninismo y el pensamiento creador de Fidel Castro y Ernesto "Ché" Guevara.
En ese contexto aparece el artículo del Comandante Ernesto "Ché" Guevara El Socialismo y el Hombre en Cuba (1965) aportación teórica que encierra un proyecto social integral de un gran valor estratégico para la Revolución al plantearse como un objetivo cardinal la formación de una nueva personalidad: el “hombre nuevo,”[16] “actor de ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo, en su doble existencia de ser único y miembro de la comunidad[17]." El paradigma humano del "Ché" surge en la misma medida que se desarrollan las formas económicas nuevas, se producen transformaciones materiales en la sociedad, y los restantes factores institucionales y sociales influyen en el hombre educándolo, y en esa misma medida, en un proceso “doble”, “el individuo se somete a un proceso consciente de autoeducación”, gracias al cual toma conciencia de su ser social, es decir, la “conciencia de la necesidad de su incorporación a la sociedad.”[18]
El proyecto social guevariano concibe al sujeto actuante en su actividad creadora condicionada históricamente, consciente de sus obligaciones para con la sociedad y con él mismo, de sus derechos, poseedor de una elevada cultura general y política, que se traduzca en un modo de actuación presidido por los valores morales surgidos del compromiso contraído con la causa de la liberación del hombre, se trata del civismo de nuevo tipo gestado en la guerra de liberación nacional.
La épica tarea de formar un hombre con formas superiores de vida y de conducta se concretó en la política educacional puesta en práctica durante estos años, a tal efecto en los Planes y Programas de estudio de todos los niveles y tipos de enseñanza fue introducida la concepción de los objetivos educativos, de forma que todas las asignaturas aportaran al proceso formativo de los alumnos y no hacer depender de determinadas asignaturas la educación moral y patriótica de los educandos.
A estas medidas se suma la contribución que hacen la Pedagogía Socialista, fundamentalmente soviética, incorporada al sistema educativo cubano desde mediados de la década del 60, que aportó los elementos teóricos y metodológicos de la Educación Comunista, y el movimiento nacional de los educadores que culminó con la celebración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura (1971), el evento puso en evidencia los niveles alcanzados en el sector, y la complejidad creciente de los nuevos problemas ante los cuales se exigía incrementar la calidad de la educación.
Un año más tarde, en la Clausura del II Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas (1972), el Líder de la Revolución reflexionando sobre algunos de los problemas educacionales que incidían en la formación integral de los educandos, se pronuncia por la “necesidad de realizar una verdadera revolución educacional”[19]. Como el mismo Fidel aclara, no es que no se haya llevado a efecto la revolución en el sector, de hecho comenzó con la Reforma Integral de la Enseñanza, la Campaña de Alfabetización, la nacionalización de las escuelas privadas, y otras medidas, de lo que ahora se trataba era del perfeccionamiento de lo que se venía haciendo.
Desde esta perspectiva comienzan en el Curso Escolar 1972-1973 los estudios para el perfeccionamiento educacional, proceso que enriqueció críticamente el modelo pedagógico soviético que se aplicaba en Cuba (Ana M. Siverio,1991). Estaban dándose los primeros pasos en el desarrollo de una teoría educativa revolucionaria, fundamentada en el ideal educativo martiano, y los principios metodológicos y organizativos marxista-leninistas.
Un hito en la historia de la construcción socialista en Cuba es el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1975, del magno evento emanaron las directrices principales para hacer corresponder “la política educacional cubana (...) con el socialismo y los ideales que el mismo expresa.”[20]. Se creaban las condiciones para la instrumentación a escala nacional del Perfeccionamiento Continúo del Sistema Nacional de Educación en el cual se experimentan diversas formas de organización de contenidos encaminados a la educación ciudadana de niños, adolescentes y jóvenes.
[1] A. Hart Dávalos, 1960, p. 30
[2] O. Dorticós Torrado., 1960, p. 9
[3] A. Hart Dávalos., Idem, p. 35
89 Idem., p. 59
[5] Idem., p. 65
[6] Idem., 76-77
[7] Colectivo de Autores, 1990, p. 101
[8] V.I. Lenin, 1970, p. 479
[9] Según se explica en la parte introductoria, el Manual... se elaboró a partir de los materiales que se habían preparado por la Escuela “José Martí”, que fuera el centro de preparación de reclutas del Ejército Rebelde durante la Guerra de Liberación Nacional; y las experiencias desarrolladas en ese sentido en otros frentes de guerra, como la Columna 8 “Ciro Redondo” en la Sierra Maestra, y en Las Villas.
95 Prólogo, 1960)
96 E. Guevara de la Serna, 1960, p. 229
[12] Prólogo, 1960
[13] F. Castro Ruz, 1961, p. 155
[14] Justo Chávez, 1996
[15] Olivia Miranda, 1995
[16] Ernesto Guevara, 1990, p. 75
[17] Idem., p. 74
[18] Idem., p. 75
[19] F. Castro Ruz, 1975, p. 217
[20] Partido Comunista de Cuba. Informe Central, 1975, p. 369






