La enseñanza de la Instrucción Cívica en la Instrucción Pública entre 1902 y 1925

La enseñanza de la Instrucción Cívica en la Instrucción Pública entre 1902 y 1925

En este artículo el investigador Antonio Sáez Palmero expone las características de la introducción de la enseñanza de la Cívica en la escuela cubana durante el período comprendido entre 1902 y 1925. El autor aborda los puntos de vista de Enrique José Varona en cuanto al papel de los maestros en la enseñanza de esta asignatura y el valor que este patriota cubano le otorgaba en la formación de las nuevas generaciones.

Gracias a los esfuerzos renovadores auspiciados por el Dr. Enrique J. Varona en la educación, la enseñanza de la Cívica adquiere cierta importancia. El mismo año de la proclamación de la República se publica el libro Principios de Moral é Instrucción Cívica (1902), del Dr. Rafael Montoro [1] y adaptada para la enseñanza por el Dr. Carlos de la Torre y Huerta, uno de los tratadistas más importantes de las primeras décadas. El Prefacio de la obra está a cargo del Dr. Varona, en él elogia la aparición del libro porque contribuiría a satisfacer la necesidad de elevar el nivel cultural de aquellos a quienes se le había confiado “la ardua y noble tarea de educar.”

En la educación de las nuevas generaciones de cubanos el Dr. Varona le otorgó un papel protagónico a la asignatura y a la labor de los maestros, quienes debían poseer una preparación pedagógica tal que no los convirtiera en “meros trasmisores de conocimientos necesarios,” porque:

“Enriquecer la inteligencia es bueno, es útil, es indispensable. También lo es fortalecer el cuerpo, adiestrar la mano y aguzar los sentidos. Pero hecho todo eso, aún queda lo mejor por hacer: conformar suavemente el corazón, dirigir con tino la conducta, templar el carácter. Esta es la grande obra que demandamos á nuestros maestros; ésta la que exige imperiosamente la salud de nuestra patria, en los críticos momentos en que trata de restaurar sus fuerzas, para conquistar un porvenir más virtuoso.”[2]

Desde el punto de vista de Varona los conocimientos aportados por la Instrucción Cívica son decisivos en la formación de hábitos y habilidades en los niños, en su progreso intelectual, sobre todo, en la contribución que estos deben hacer a la educación de los niños, a la orientación de la conducta como ciudadanos responsables precisamente cuando el país atravesaba una difícil situación.

El Prefacio es un llamado a la comprensión de la necesidad de desarrollar una educación moral y cívica que posibilite la adaptación del niño a las funciones cívicas, es decir, para cuando sea adulto esté en condiciones elevarse “á la dignidad de ciudadano,”[3] para ello recomendaba que la escuela debía funcionar de forma que en todas las actividades en las que los niños participaran se sintieran y actuaran como miembros de una micro sociedad en la cual se entrenaran en el ejercicio de los principios democráticos, porque: “Cuanto ha visto en torno suyo en la escuela y cuanto ha practicado, lo conduce sin sacudidas, paso á paso, a darse cuenta de la necesidad del gobierno, de la trabazón de sus elementos y de la soberanía del Estado, firme sostén y garantía de la libertad individual).”[4] En ese nivel de aspiración cree posible la aplicación de la exigencia fundamental de la enseñanza de la asignatura: “combinar incesantemente la práctica y la teoría,”[5] el Talón de Aquiles de la Cívica durante la seudo-república.

En cuanto al texto se le reconoce un alto valor literario por la forma en que expone las diferentes lecciones y el bagaje cultural que brinda en el tratamiento de los contenidos. A partir de un fundamento religioso-moral plantea cómo debe ser la vida hogareña y las relaciones entre los miembros de la familia, el comportamiento social de las personas, el respeto a las personas mayores, a la propiedad, y otros aspectos de interés para una convivencia civilizada; en lo relativo a los temas de carácter cívico, explica cómo debían ser las relaciones de los individuos con el gobierno y el Estado, como en Cuba estas eran experiencias nuevas, el autor se remitía a los modelos de la democracia burguesa de principios de siglo, haciendo hincapié en la importancia que tienen las constituciones para los países civilizados.

Como parte de los contenidos cívicos el autor al referirse a las diferentes concepciones sobre la sociedad y el papel del Estado expone los criterios de lo que él llama “escuelas socialistas,” y arremete contra el Marxismo al que califica como un régimen totalitario, enemigo de la familia y las buenas costumbres. Tal postura se corresponde con la ideología del autor, lo significativo es la utilización de la asignatura para contrarrestar la influencia en Cuba de la ideología del proletariado tergiversando sus postulados sobre la familia, la sociedad y el Estado, sin embargo, no mella el valor histórico del libro toda vez que fue el primer instrumento de orientación para la enseñanza moral y cívica con que contaron los maestros cubanos, y los familiarizó con los criterios pedagógicos modernos empleados en la asignatura.

En 1905 entran en vigor nuevos Cursos de Estudios para la enseñanza primaria redactados por el Dr. Miguel Garmendía, Superintendente General de escuelas, ahora se conjugan el positivismo spenceriano con la influencia pedagógica pestalozziana. La puesta en práctica de los referidos documentos deja ver la tendencia que se fue formando, de recurrir con mayor frecuencia a las raíces culturales y patrióticas del pueblo por medio de la Historia de Cuba y las lecciones de Educación Moral y Cívica (nuevo nombre de la asignatura), que ha ido ganando espacios en la escuela cubana, y comienza a utilizar el pensamiento de los ilustrados cubanos, se acude a la poesía de Heredia, iniciándose en las escuelas el conocimiento de la poesía martiana como una vía de influencia en la conciencia moral y patriótica de los alumnos. La educación patriótica de los niños se complementa con ceremonias escolares, actos cívicos, dirigidas a rendir tributo a los símbolos nacionales.

A tono con la nueva proyección de la asignatura Montoro publica Nociones de Instrucción Moral y Cívica (1906) una edición ampliada de su anterior trabajo. En el Prefacio el autor comenta que no se ha regido por el programa oficial, y los contenidos que trabaja recomienda que cada profesor lo utilizará de acuerdo con las clases, el grado, etc., y señala que las fuentes de que se ha valido son las obras en uso particularmente en Francia.

La nueva entrega de Montoro se destaca por la corrección, sencillez y la belleza de expresión, que se conjugan armoniosamente, utilizando la técnica de la narración. El autor recomienda la ampliación de los contenidos en él los textos de Historia de Cuba y también de los Estados Unidos de América. Sobre el texto opinan los doctores Perla A. Cartaya Cotta y José A. Joanes Pando:

“A pesar de sus limitaciones este libro fue satisfactorio en su época: el maestro podía auxiliarse de el para desarrollar en los niños conceptos morales y cívicos, vitales en la formación de un hombre honrado. El autor escribe como maestro, va de lo general a lo particular, cumplimenta los principios de la sistematización, la asequbilidad, la visualización, la concreción y, en muchos de los ejercicios que presenta, la vinculación de la teoría con la práctica, de la escuela con la vida.”[6]

En ese mismo año se produce la segunda intervención militar norteamericana en Cuba, justificada ahora por la crisis de autoridad reinante en el país y el "derecho" que le otorgaba la Enmienda Platt. La nueva violación de la soberanía nacional trajo consigo la implantación de otro gobierno provisional presidido por Charles Magoon, encargado de “pacificar” la Isla y devolverla al cauce “democrático”, pero segú un texto de la época dejó “un mal recuerdo en el país por su mala administración”[7]

Una consecuencia lógica de la nueva afrenta fue el descrédito de las instituciones “democráticas” y la pérdida de sentido de la Instrucción Cívica, que hizo crisis entre 1907 y 1910[8]. En el análisis de la situación prevaleció el criterio de que lo que sucedía tenía por causa el envejecimiento del temario de la asignatura y la forma en que era enseñada, es decir, el problema estaba en ella misma por lo que debía ser reformulado su contenido y renovada su didáctica, pero no tuvieron en cuenta que con la actualización de los contenidos no era suficiente, porque no resolvía el problema central, no ya de carácter estrictamente pedagógico, consistente en el divorcio entre los preceptos de la asignatura y el contexto social, la causa del desinterés de los estudiantes, principalmente entre los de la segunda enseñanza para quienes su estudio no tenía valor práctico.

A partir de los estudios realizados y las experiencias reportadas en la enseñanza de la Cívica, en 1910 la Asociación Americana de Ciencias Políticas de los Estados Unidos de América recomendó la renovación del contenido de la asignatura (Alfredo M. Aguayo, 1932) de acuerdo con los criterios que había desarrollado la Sociología burguesa. Promotor principal de las nuevas ideas fue John Dewey que veía al individuo moviéndose en un amplio campo social, donde las relaciones políticas no eran fundamentales, sino las relaciones interpersonales, aquellas que los hombres establecen con el vecindario, a su profesión o lugar de trabajo, a su iglesia, a sus amigos.

En 1914 ante las inquietudes de maestros, estudiantes, y la influencia de intelectuales de la talla del Dr. Varona (a la sazón Vice-Presidente de la República) y el Dr. Ramiro Guerra, defensores de la tradición pedagógica nacional más auténtica, se redactan nuevos Cursos de Estudios caracterizados por haberse elaborados no en el nivel central como los anteriores, sino con la participación de los superintendentes provinciales de escuelas. La experiencia propició un mayor acercamiento a la realidad nacional, y la aplicación de criterios y métodos pedagógicos más actualizados.

La reforma abarcó la organización de la escuela, las materias y sus contenidos, y los métodos a emplear, prestándole una mayor atención al curso de Instrucción Moral y Cívica, considerando la significación de sus contenidos en la formación de la conciencia individual y social de los futuros ciudadanos. De acuerdo con las normativas en vigor el estudio de la Moral y Cívica se iniciaba desde el primer grado, utilizando ejemplos reales, relatos familiares, cuentos y la realización de actos sencillos para llegar paulatinamente a formas más complejas a partir del segundo grado. Por ejemplo, para el primer grado se indicaban como métodos de enseñanza conversaciones sencillas, lecturas explicadas, interpretación de poesías e historietas con mensajes morales, y prácticas que contribuyeran a la formación de buenos hábitos.

Se insistía, cualquiera que fuera el método para la enseñanza de la moral, que las lecciones no debían nunca limitarse a la explicación o enunciado de una regla o de un precepto moral. El maestro debía partir siempre de hechos concretos, de un ejemplo, de un suceso histórico, de una fábula , de una acción ejecutada por los alumnos, de manera que el discípulo descubriera el principio moral que el hecho encerraba, determinara sus aplicaciones a la conducta y practicara dicho principio oportunamente.

De no ser de esta forma se afirmaba con toda certeza, la enseñanza de esta asignatura sería algo meramente formal, sin influencia en la esfera volitiva y afectiva de los niños. Montada la asignatura con estos criterios no podía prescindir de la razón, puesto que para llegar a asimilar los conceptos morales, era necesaria la comprensión por parte de los alumnos de las razones que inducían al hombre a tomarlos como norma habitual y principio director de su vida, dado el nuevo enfoque la enseñanza de la asignatura se apartaba de todo formalismo e influía positivamente en la formación del carácter del niño.

El ordenamiento pedagógico de los contenidos de la instrucción cívica se iniciaba en la vida familiar y escolar para despertar las primeras nociones de gobierno, autoridad y respeto a las leyes; en los grados subsiguientes estudiarían la comunidad y deberes de los vecinos y autoridades, el gobierno de las provincias y de la nación, hasta llegar a los conceptos de Estado, derechos políticos, soberanía, constitución, etc., en los últimos grados de vida escolar, y se recomendaban los mismos métodos utilizados en la educación moral.

La situación sociopolítica reinante tiene también como forma de expresión estas reformas, espacio para materializar de alguna forma las aspiraciones de los educadores honestos interesados en servir a los intereses nacionales, de fortalecer la escuela pública como bastión de cubanía, y defender los criterios pedagógicos no intelectualistas, facilitadores de la actividad del niño y de su razonamiento.

Como ya era costumbre, en 1922 se modifican los Cursos de Estudios vigentes desde 1914, y la Instrucción Moral y Cívica aparece ubicada en los grados quinto y sexto con el temario siguiente: I. El niño como miembro del hogar, II. El niño como miembro de la escuela, III. El niño en relación con la comunidad, IV. El sentimiento patrio, y V. Moral práctica. Su objetivo era contribuir al desarrollo de la conciencia moral en el niño lo cual exigía la puesta en práctica de los conceptos morales en la vida cotidiana. Enseñar al niño a contribuir al progreso y al bienestar de la familia, la escuela y la comunidad, mediante el cumplimiento de las obligaciones inmediatas, conjugándolas con los intereses y necesidades infantiles, fue sin lugar a dudas un loable empeño.

Es necesario insistir en el marco histórico en que tienen lugar estas reformas, porque los movimientos sociales que se producen en la década que precede a la de los años veinte, es una época que el Dr. Julio L. Riverend (1973) definió como de transición hacia una nueva conciencia popular, y que a partir de esos años se caracterizó por un salto cualitativo, anunciador de una nueva conciencia nacional, y también de la confluencia de los proyectos políticos e intelectuales, entre los cuales es el de Enrique J. Varona el que con un enfoque reformista en lo cultural y lo educacional, es más realista, sin embargo, afirma la Dra. Graciela Pogolotti (1989), en la práctica demostró su no-viabilidad..

En esta etapa surgen importantes tratadistas: Oñate, Aragón, Erbiti, La Torre, y otros, que sin romper con su ideología, reflejaron la inconformidad con la situación reinante, e incluso abogaban por fórmulas política más democráticas, y por la necesidad de difundir los conocimientos cívicos, animados de la idea de que la preparación eficiente de los ciudadanos para su intervención en los asuntos públicos, y la estabilidad de la República dependía del conocimiento que la ciudadanía tuviera de sus derechos políticos y el alcance de estos.

Un ejemplo está en el texto Enseñanza Cívica (1923)[9] del Dr. José Sierra Padrisa, uno de los libros más completos de las primeras décadas dirigido a la Segunda Enseñanza. En sus dieciocho lecciones recorre un amplio espectro de temas entre los cuales, además de los aspectos relacionados con los derechos y deberes ciudadanos, se destacan: el Resumen de Cívica, Historia Política de Cuba, Las constituciones cubanas, el análisis de la Constitución vigente y el programa de Cívica.

En la Lección Preliminar el autor se manifiesta a favor de la contribución de la enseñanza de la Cívica al rescate de la herencia patriótica del pueblo cubano, a su fortalecimiento, con lo cual pensaba Padrisa, se lograría contener y prevenir las consecuencias derivadas de una preparación no adecuada de la ciudadanía, y añadía:

Otro representante importante es Dr. Ramiro Mañalich[10] (Catedrático de la Escuela Normal de Maestros de La Habana) con su libro La Comunidad Cívica y el Ciudadano (1924), una obra de profundo contenido martiano y patriótico, que por sus características es en la etapa el de mayor alcance en el orden didáctico. El mérito del libro es destacado en el Prefacio confeccionado por el Dr. Eduardo González Manet, (Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes): “... un libro, en que, por primera vez en Cuba,- donde solo florece, generalmente, el empirismo pedagógico, y la servilidad a los métodos y procedimientos extranjeros - se resuelve de una manera sencilla, progresiva, penetrante y práctica, la "educación" del infante cubano, (...).”[11]El libro tiene una estructura original, la parte dedicada a las Indicaciones Generales Medios y Material de Enseñanza, una especie de fundamentación pedagógica del libro, tiene recomendaciones generales válidas para cualquier nivel de enseñanza, aunque el libro está dedicado al primer grado. Consta además, del programa y una detallada dosificación por semanas en la cual se puede constatar la manera sencilla, amena progresiva y práctica como conduce a los niños al conocimiento y ejercitación de los principios elementales de la convivencia ciudadana, con un tratamiento “intenso” del “cultivo de los sentimientos patrióticos, y viva la reverencia y la gratitud a nuestros hombres revolucionarios: mártires y apóstoles,”[12] con la finalidad de estrechar los vínculos entre la escuela, el hogar y la comunidad, pero manteniendo la escuela como el “punto de concentración.”

A partir del criterio de que la Instrucción Cívica es una materia necesariamente concreta, objetiva y real, el autor destaca el principio rector del programa: avanzar de lo más cercano e inmediato a lo lejano y mediato, en correspondencia con las posibilidades cognoscitivas del alumno, y garantizar de esta forma la comprensión progresiva del mundo que rodea al niño. Sobre esta base debe lograrse la conversión del alumno en lo que define como “un sujeto de actividad cívica”, es decir, el alumno ejecutando tareas y realizando funciones propias del medio en la medida de sus fuerzas. En este punto enfatiza en la “práctica cívica”, la interacción del niño con el mundo circundante utilizando procedimientos prácticos, la observación, la memorización y la aplicación de los contenidos de cada lección: “una ejercitación constante; una prueba perenne.”

Para el logro de los propósitos antes mencionados recomienda el empleo de: informes, gráficos, diagramas; la creación de un laboratorio y biblioteca cívicos; el uso de métodos que conduzcan al debate; la utilización de la prensa periódica y diaria, la realización de entrevistas, la constitución entre los alumnos de asociaciones de carácter cívico, social y patriótico que desarrollen una labor de propaganda, de fiscalización y engrandecimiento del barrio, del pueblo, la provincia y la nación. La metodología existente había sido desarrollada por autores norteamericanos, principalmente, pero el valor de estas recomendaciones estriba en que parten de la experiencia acumulada por los pedagogos cubanos como una muestra de los avances en esta dirección, y el deseo de dar un papel protagónico a los conocimientos cívicos en la formación de la personalidad de los futuros ciudadanos cubanos.

En la metodología propuesta incorpora la evaluación de la asignatura - un tema que aún hoy suscita controversias - aplicando pruebas escritas como un medio de comprobación de lo aprendido, lo cual era una novedad en Cuba, pues no puede afirmarse que la asignatura ya poseyera un sistema de evaluación definido.

Resalta el valor histórico del libro la valoración del estado de la enseñanza de la asignatura en las dos primeras décadas en las tres enseñanzas donde se impartía. Según los argumentos del Dr. Mañalich la asignatura era un “indiscutible fracaso”, en las escuelas primarias era un “mero adorno” en los horarios docentes sin recibir una atención apropiada, y prevalecían “La palabrería, el tradicional verbalismo a que estamos tan habituados (...)”[13]. En la universidad por su excesiva abstracción provoca la indiferencia y la repulsión en los alumnos y concluye:

“Y así hemos visto, por último, en el orden social, político, económico, patriótico, etc., deslizarse la vida misma (...) sin que tales hechos nos hayan llevado a pensar en la necesidad del conocimiento y ejercicio, en la Sociedad, como un instrumento de acomodación a las ideales republicanos; agente que conmina a practicar la virtud, que fuerza a respetar las leyes de la democracia, e intensifica el amor a la nación. ¡ De igual modo apenas si tales hechos nos han llevado a pensar en la necesidad de su conocimiento y ejercicio, en la Escuela Pública, como los más fundamental para la formación del carácter del educando, y del ciudadano del mañana.”[14]

En esta etapa se consolidó el enfoque pedagógico de los contenidos de la Cívica al nivel de las tendencias más modernas, se destacó el papel de los conocimientos de la asignatura en la educación de los niños y jóvenes, se fue abriendo paso la tendencia a hurgar en las raíces de la historia nacional en busca de los valores que expresan la identidad de los cubanos, se mantuvo la ilusión de que a través de una instrucción cívica que promoviera los principios de la democracia burguesa se evitarían las inmoralidades que lesionaban a la sociedad cubana, pero se incurría en el mismo error que ya se ha mencionado en otros momentos, se obviaba que la causa de los males sociales estaba en el propio sistema y en esas condiciones era inviable la formación de una ciudadanía democrática.

[1].Rafael Montoro fue el principal ideólogo del autonomismo, y en 1895 lanzó una proclama contra la Guerra Necesaria que organizaba José Martí, esgrimiendo la solución de los problemas en Cuba a partir de la realización de cambios cívicos con la anuencia de España.

32 Varona, J. E., 1902, p. 10)

[3] Idem., p. 12

[4] Idem., p. 13.

35 Idem., p. 13

[6] P. Cartaya Cotta, J. A. Joanes Pando, 1996, p. 52

37 Aragón, 1928, p. 385

38 Ver: Fundamentos Pedagógicos de la educación Moral y Cívica del Dr. Oscar Ibarra Pérez, Editado por el Camagüeyano, S. A., 1947.

[9] El Dr. Padrisa fue Catedrático de dicha asignatura en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara, lugar donde se publica el texto en el año 1923. Este hecho es significativo porque revela como el pensamiento de los educadores en las provincias había evolucionado en este sentido, pero además, es un reflejo de la lucha que se establece en este plano por lograr la formación en los educandos de una ciudadanía democrática.

[10] A continuación se reproducen fragmentos de análisis realizado por el Dr. Ramiro Mañalich en su libro Comunidad Cívica y el Ciudadano, que son un fiel reflejo de la crisis estructural, el descrédito institucional, y la decadencia moral que tomaba cuerpo en la sociedad cubana de principios del siglo XX:

" La enseñanza de la Instrucción Moral y Cívica, en las escuelas primarias y secundarias, y en la propia universidad ha sido hasta el momento presente, un indiscutible fracaso. En estos últimos centros docentes, se le ha conducido por senderos de una abstracción excesiva e infecunda.[...] De ahí su indiferencia, cuando no la repulsión de los alumnos a su estudio; y de ahí también, lo inútil de su enseñanza.

" En las Escuela Primaria, su papel ha sido, hasta ahora, el de " una asignatura más ". Sin distintivo alguno, sin una diáfana metódica especificación de sus funciones - y, por lo tanto, sin merecer apropiada atención por parte de nadie - ha venido figurando en los Horarios, como un mero adorno. Su enseñanza, por ende, ha debido ser nula.[...] La palabrería, el tradicional verbalismo a que estamos tan habituados, le ha hecho de todas veras ineficaz”.

En este interesante libro se encuentran otras novedades que han sido concebidas para reforzar la enseñanza cívica, y como una contribución a la formación de una cultura democrática desde la edad escolar. Una de ellas es el Código de Moral Infantil una adaptación del Dr. Antonio Iraizoz Subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes; y la Reverencia a la Urna una ceremonia de carácter cívico y patriótico, sobre la cual emitieron su opinión (forman parte del libro) los miembros de la Junta de Educación de la Habana, el Secretario y el Subsecretario de Instrucción Pública, y otras personalidades, una de ellas, Luciano R. Martínez expresó:

"Martí encarnó mejor que nadie las idealidades y el sentimiento cubano. ¿ De qué mejor manera se podrá entonces glorificar su memoria, sino haciendo que los niños, que representan el porvenir de la Patria, se inspiren en la fecha del natalicio del Maestro, en el supremo ideal de formar, por medio del sufragio consciente y honrado, aquella República a que se refería el Apóstol, y que no hemos constituido, tan pura como él la soñara, los primeros que recogimos su preciada herencia?.(Ramón Mañalich, 1924, p. 261)

[11] E. González Manet, 1924, p. 3)

[12] R. Mañalich, 1924, p. 6

[13] R. Mañalich p. 6

[14] Idem. p.9

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