La educación moral y cívica en la estrategia revolucionaria de José Martí

(Tomado de Historia de la enseñanza de la  educación cívica en Cuba desde 1899 hasta 1989 de Antonio Sáez Palmero)

En el tiempo histórico que José Martí lleva a cabo su labor como intelectual y líder político la nación cubana es una realidad, el sentimiento de independencia nacional había dejado de ser pertenencia de un reducido número de intelectuales, para convertirse en el patrimonio de amplios sectores de la sociedad cubana, circunstancia que  favoreció la gestión organizativa, política e ideológica del Héroe Nacional, pertrechado de lo mejor de la Ilustración Cubana y de la cultura universal, a partir de los cuales elaboró un estilo de pensamiento nuevo en el cual se advierte su fundado civilismo que no entra en contradicción con sus ideas en torno a la revolución independentista.

A diferencia de Félix Varela, en José Martí está definida una estrategia política elaborada desde el ser de la cubanidad, cargada de un contenido revolucionario y un novedoso modo de conscientización de las fuerzas sociales que debían participar en la contienda bélica, sustentada en los principios de: dignidad, independencia, libertad, soberanía e igualdad social. Principios rectores de la acción martiana que desembocaría en una “revolución del decoro, el sacrificio y la cultura de modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado,(...) profundo conocimiento de la labor del hombre en el rescate y sostén de la dignidad.”[1] Esta característica, esencial, determinó los métodos de lucha en la organización y movilización de los elementos dispersos de la nación cubana, y el paso a un primer plano de la preparación política e ideológica (de acuerdo a los códigos actuales) de los cubanos para allegarlos a la causa revolucionaria.

Fruto de sus convicciones patrióticas es el ideal de república que promueve entre los cubanos, una cuestión de inestimable valor para comprender el alcance de las advertencias y las reflexiones martianas en torno a la preparación que debían tener quienes disfrutarían de la condición de ciudadano una vez conquistada la independencia. El rasgo esencial del sistema político pensado por José Martí es su auténtico democratismo, donde todos y cada uno de los cubanos, sin distinción de clase, raza, sexo, o credo religioso, tengan las mismas posibilidades de participación en el mejoramiento humano, es decir, una república: “Con todos, y para el bien de todos”[2]

Si bien el Héroe Nacional no se detuvo a teorizar sobre el Estado, pues sus objetivos eran otros, realizó importantes consideraciones sobre los principios generales de la moral política que regiría en la “república venidera”, uno de ellos, capital, es el siguiente:

“Por que si en las cosa de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás, un bien fundamental que de todos los del país fuera base y principio, y sin el que los demás bienes serían falaces e inseguros, ese sería el bien que yo prefiriera: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.”[3]

La proyección ética que da a la posible estructuración político-jurídica del futuro Estado cubano, difiere de los modelos promovidos por los ideólogos de la burguesía europea y norteamericana, aunque sus fundamentos políticos y legales están en las teorías burguesas más avanzadas. Este hecho hace de la utopía martiana el limite histórico de las doctrinas burguesas del siglo XIX  sobre el Estado, un tema fundamental de la época, y en este caso, por la trascendencia que tiene en la percepción martiana la condición de ciudadanos de “la república moral de América,”[4] donde tal status no tiene un carácter formal como era usual (y es) en las constituciones políticas capitalistas, en ella los cubanos, dueños de sus destinos y de la nación, tendrían una participación real y efectiva en calidad de sujetos y objeto de los imprescindibles cambios sociales.

El proyecto social martiano es por estas razones más acabado e integral que los pensados por sus predecesores y contemporáneos, incluso fuera de Cuba. Esta característica le confiere un sello muy particular a sus ideas sobre la educación del hombre, pues se integra orgánicamente a la estrategia política para la obtención de la independencia nacional. En ese proceso Martí esbozó la filosofía  educativa del nuevo Estado, cuyas características más importantes son: su contenido humanista, carácter autóctono, y  proyección latinoamericanista y universal, donde son coherentes los objetivos generales de una educación moderna y sus valores pedagógicos esenciales, la escuela y su papel en el perfeccionamiento de las relaciones humanas, así como los medios, vías y métodos empleados en el cumplimiento de esos objetivos.

La solidez de estos elementos en la obra martiana se debe a que no fue un filántropo idealista a la usanza de su tiempo, sus convicciones lo llevaron a realizar los mayores sacrificios por el bienestar de su pueblo, ni tampoco puede considerársele como un simple reformador pedagógico, en su vida superó con creces esas posiciones porque estaba convencido de que la única forma de materializar sus ideales era por la vía revolucionaria, que implicaba la destrucción de las estructuras de dominio colonial y sustituir el anacrónico sistema educativo implantado por España en Cuba.

El eje central  del ideal educativo martiano es la preparación del “hombre para la vida,”[5] no con un criterio utilitarista, sino en el más amplio concepto, el del servicio social, y es precisamente aquí donde entra como parte sustancial de esa preparación, la formación de los hábitos de vida democrática, “para construir sobre los restos de una mala colonia una buena república”[6] ello implicaría que la educación, además de las características antes señaladas, debía ser  una ”educación republicana,” con métodos democráticos que garanticen que en la escuela viva “¡ La república, en el juego! ¡ La república, en los bancos del colegio¡.”[7] La educación democrática y para la democracia pensada por Martí garantizaría la preparación de los futuros ciudadanos a partir del conocimiento del orden legal existente y el funcionamiento de las instituciones representativas de la República:

“una nación republicana no puede vivir sin el perfecto conocimiento de sus instituciones: los que han de conducir un día por prósperos caminos a la patria, deben educarse vigorosamente, fortalecerse en la conciencia de sí propios, templarse al fuego vivo del derecho, ley de paz de los pueblos libres, en la progresión sucesiva de las leyes de los pueblos de la tierra.”[8]

 En ese tipo de educación Martí le concede a los contenidos de carácter legal una significativa importancia, que está a tono con las corrientes que por esa época estaban en boga, con la particularidad de que la interpretación que en ellos da al “derecho” difiere sustancialmente de los criterios incorporados  en los sistemas de instrucción vigentes en Europa. Para el Maestro el derecho no está ni en Dios, ni en el Estado, ni en la sociedad, ni fuera del hombre, tal como solía entenderse, sino en el hombre mismo y en la fuerza incontrastable de “lo justo” que lo inspira. Para él el derecho está en la idea de la justicia que se impone en el orden universal de todas las cosas, es la garantía del engrandecimiento de las naciones, del reforzamiento de los valores de la identidad nacional y la concreción de los principios auténticamente democráticos.

La educación jurídica que avizora Martí como parte sustancial de la educación, no se reduce al conocimiento de los deberes y derechos del ciudadano y la observancia por parte de estos del régimen legal establecido, va más allá, a la plena liberación de los hombres y de los pueblos, no hay espacios a las exclusiones ni al elitismo, y debía ser el reflejo de los intereses y necesidades del pueblo; es una educación propiciadora del desarrollo integral del ser humano de acuerdo a los progresos científico-técnicos de la civilización mundial. Por eso no resulta difícil comprender la relación orgánica existente en su estrategia política entre revolución y la educación de nuevo tipo que propone, una indiscutible aportación que supera las concepciones educativas implementadas en América Latina por entonces y sin cumplir todavía.

La proyección martiana de la educación de los actores de una sociedad democrática no está sujeta a las convenciones pedagógicas, académicas o de cualquier otro tipo de moda, es revolucionaria por su forma y contenido. La originalidad de que hace gala se pone de manifiesto en el aprovechamiento eficaz de todos los medios posibles para hacer llegar el mensaje patriótico: la arenga revolucionaria desde las más variadas tribunas y auditorio diverso, sin demagogia, es una de las áreas más significativas de su praxis política, en particular sus discursos, modelos de lecciones de educación moral y cívica; el periodismo analítico, critico y sobre todo educativo; la poesía profunda, sensible, seductora, rebelde; y la enseñanza con métodos modernos, basada en la ejemplaridad permanente del Maestro, que empleó magistralmente novedosos recursos pedagógicos en el logro de una comunicación fluida, coherente, culta, objetiva, elocuente, emotiva, persuasiva y polémica, incluso, cuando las circunstancias así lo exigían..

La singularidad del modo de educar en los valores de la revolución independentista no es únicamente fruto de la genialidad proverbial de José Martí, responde además a una necesidad histórica, la nueva moralidad que está surgiendo en medio de una cruenta y desigual guerra rechaza el individualismo característico de las teorías pedagógicas del siglo XIX, para dar prioridad “en procurar el mayor bien para el número mayor”[9], continuación del ideario vareliano y principio cardinal  del patriotismo martiano, por eso en la exaltación de la personalidad de Azcárate  escribió: “El hombre, como hombre patrio, sólo lo es en la suma de esperanza o de justicia que representa. Cuando la patria aspira, sólo es posible aspirar por ella. [...] Debe el hombre reducirse a lo que su pueblo, o el mayor pueblo de la humanidad requiera de él,(...).”[10]

De esta forma se explica porque en la  preparación político-ideológica de la revolución, como en las ideas formuladas con relación a formación del ciudadano cubano presta tanta atención a la educación patriótica a través de la cual se expresa su profundo nacionalismo, pero no de aquél estrecho que conducía al chovinismo y servía de fundamento ideológico al colonialismo como ocurría en el caso cubano, se trata en este caso de la magistral conjugación de los intereses fundamentales de la nación, con los de la patria latinoamericana y los de la humanidad, sin menoscabar ninguno de estos.

En esa nueva dimensión que da Martí a la a la preparación política e ideológica de los cubanos, habló y escribió de la familia humana, y al hacerlo denota la nostalgia provocada por su situación personal, señal de la importancia que él concedía a esas relaciones. Ese sentimiento lo traslado a la valoración de la familia en la educación de sus hijos, a la trascendencia de su unidad, del respeto, la solidaridad entre sus miembros, fue contrario a los patrones autoritarios que regían las relaciones familiares de su tiempo y discriminaban a la mujer, era partidario de la participación de todos los integrantes de la familia en las actividades propias de ese grupo humano.

Con ese mismo amor y sencillez  se refirió a la familia de pueblos, como consideraba a  Nuestra América,  destacando la necesidad que tienen estos de conocerse entre sí, de la unidad, la solidaridad, del valor de la defensa de lo autóctono de cada país, de su identidad nacional, el respeto entre los pueblos como requisito de la paz, y vio en la causa cubana, la causa americana, singular manera de expresar su acendrado patriotismo y expresión de su  posición antiimperialista.

El Héroe Nacional en la preparación ideológica de la Revolución ahondó en conceptos claves del ideal democrático liberal burgués, que constituían el fundamento de la Educación Cívica formalizada ya en algunos países desarrollados de Europa, Estados Unidos y México, pero que a esta altura eran pisoteados en la práctica, o todavía muchos países no habían tenido acceso a los mismos, como era el caso cubano. Valoró altamente el significado del principio de la soberanía de los Estados por ser esta el “germen generador de las repúblicas,” y la  necesidad de que los gobiernos se caractericen por ser propios, no la reproducción de modelos ajenos a la historia y la cultura de los habitantes del Nuevo Mundo, y que además  respondan a la voluntad popular.

Al considerar el espectro de problemas de carácter moral y cívico abordados en la preparación política e ideológica de la Revolución Independentista, y el enfoque de los mismos valiéndose de avanzados criterios pedagógicos para lograr su conscientización, Martí sentó las bases de la modernidad en la enseñanza de la Educación Cívica en América Latina. Lamentablemente, su prematura muerte y la frustración del heroico esfuerzo de los cubanos, extraviaron estas enseñanzas, pero a pesar de ello el ideal cívico formado durante el dominio colonial español, continuó siendo una fuente de inspiración de los sectores progresista y revolucionario de la intelectualidad cubana en la república mediatizada, y es hoy un componente básico de la ideología de la Revolución  Cubana.

El ideario educativo martiano trascendió su tiempo para convertirse en fuente de conocimientos, de valores morales y cívicos, parte vital en la formación de la personalidad de las nuevas generaciones de cubanos.


[1] J. Martí, 1992, p. 517

[2] Idem., p. 17

20 Idem., p. 9)

[4] Idem., p. 517

[5] J. Martí, 1997, p. 290

[6] J. Martí, 1992, p. 61

[7] J. Martí, 1960, p.,307

25 J. Martí, 1985, p. 55

[9] Martí, J., 1985, p. 204

[10] Idem., p. 318

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